La Habana – Ocelia pasa hambre. Apenas subsiste con 200 pesos mensuales de pensión. De esa cifra descuentan 57 pesos por el pago de un refrigerador nuevo de reposición, 5 por la electricidad, 3 ó 4 por el gas manufacturado, 2 ó 3 por el agua… El resto, unos 130 pesos (menos de 6 dólares), se le van como agua entre los dedos en gastos de alimentación y medicamentos.
Ella vive sola. Su hijo reside en el extranjero, pero al parecer no le va bien porque apenas le manda de cuando en cuando alguna ayudita. Si en Cuba se reconociera la pobreza que padece buena parte de la ciudadanía, Ocelia estaría bien adelantada en la relación.
Tiene 85 años y padece de cataratas y glaucoma. Sus espejuelos ya no le sirven para leer o ver la televisión. Comprende bien que la “Operación Milagro” y los televisados recorridos médicos de la Salud Pública cubana por calles y caminos intransitables, buscando pacientes para atender con solicitud a cualquier hora, sólo ocurren en campañas propagandísticas por el extranjero, en países como Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, bien lejos del barrio de Santos Suárez, donde está su semiderruida vivienda.
Hace un mes dejó de funcionar su refrigerador. Es chino y nuevo, de los que se cambiaron como parte de la “revolución energética”. Uno más de los que se rompen a diario.
Esos refrigeradores cuentan con garantía de 3 años para la máquina, 2 para el mueble y 1 para componentes. El de Ocelia quedó fuera de plazo y todavía tiene que pagarlo por 10 años más.
Las reparaciones menores se hacen a domicilio. Incluyen reposición del termostato, relay, junta de puerta y otros accesorios, todos los cuales tampoco abundan y hasta faltan en almacén. La chapistería, el cambio de máquina o insuflarle gas al sistema de refrigeración son reparaciones mayores. Sólo se realizan en el taller.
El taller que le toca para repararlo se encuentra a varios Km. de distancia. Como hay déficit de trasporte, ella puede que tenga que llevarlo y traerlo por su propia cuenta.
Pero a Ocelia no sólo la perturba cómo transportar su refrigerador hacia el taller o que allí la estafen cambiándole partes y piezas que funcionan por otras defectuosas, como es práctica generalizada. También a su cocina sólo le funciona una hornilla, el cochambroso sistema eléctrico de su maltrecha vivienda la sigue muy de cerca en edad y achaques, y el techo en punto de derrumbe todos los días hace una apuesta de vida o muerte con ella.
¡Pobre Ocelia, un dígito más en esa larga lista de una población tan envejecida y atrapada entre la locura y la miseria como la misma Revolución!



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